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lunes, 18 de noviembre de 2013

Leonardo Barahona: A un amigo

Cuando colgué el teléfono me di cuenta que no te lo había contado todo.
Ya te dije que me preocupa cómo tengo que proceder con él, ¿entiendes?.
Quiero acompañarle. Cuando estamos juntos, hablamos. Antes era yo el que no paraba de hablar, así él no tenía que esforzarse en encontrar la siguiente palabra, me miraba callado, casi siempre con una sonrisa en los labios. Cuando era él el que hablaba, se sentía mal viendo que no era capaz de terminar una frase, de no poder contarme el último matiz de la historia que tuviera en la cabeza. Ya no, ahora le dejo hablar, ya no se para a buscar, las palabras brotan fluidamente de sus labios, aunque no de su mente. A ratos se da cuenta que lo que está diciendo carece de sentido y calla. Me gustaría contarle que no importa, pero no estoy seguro de si me entendería y decido no arriesgarme. Sus pensamientos van y vienen a un ritmo extraño… ¡Ay! qué difícil es esto.
Si, ya lo sé, pero no puedo evitar sentirme culpable. Hay momentos -esos momentos anodinos- en los que me acuerdo especialmente, y quiero ir, dejar lo que esté haciendo y estar con él, porque nos queda poco tiempo juntos, eso lo sabemos tu y yo. Él también lo sabe.



Voy llorándole poco a poco y así espero que cuando se vaya duela menos. Cada vez soy más consciente que ya se ha ido una parte de él, es una vela que se está apagando. A fuerza de entristecerme, ya no intento recordar cómo fue. Tendré que conformarme con esa chispa de luz en la mirada, con ese requiebro de entendimiento fugaz, con el laberinto imposible de su demencia senil descifrado por un instante.


Gracias por ayudarme con mi padre, amigo.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La historia más bella del mundo


Este hombre que busca el billete para pagar su carajillo está a punto de desmayarse. Cae al suelo desvalido, la mujer se levanta, alarmada, para ayudarle. El hombre no responde, llaman a una ambulancia, suben al hombre a la camilla. La mujer no lo piensa, sube a la ambulancia con él. El hombre ha vuelto en sí y la mira tras la mascarilla de oxígeno con unos ojos pequeños y vidriosos. La mujer esquiva su mirada y piensa que, total, no hay nadie esperándola en casa. Su marido, en paro, era quien cuidaba de la casa, permanecía allí solo todo el día, le decía. Pero ella, ausente en su turno doble de limpiadora de oficinas, no se enteraba de lo que parecía inevitable. Así que un día dejaron de esperarla.

Llegan al hospital, los reciben, la dejan esperando en una salita. La mujer espera, por qué no. Sale un médico a informarla, como si fuera algún pariente. "Su padre está bien, un chichón de la caída, pero dígale que deje el alcohol y que se tome sus pastillas". El hombre entra empujado en una silla de ruedas. "Aquí está su hija, Simón". Esta vez sí se miran. Cogen un taxi. "Gracias por no decir que no soy tu padre". Es viudo desde hace cuatro meses, tampoco le espera nadie en casa, no tiene hijos, nunca llegaron. Él y su mujer se preguntaban si sería mejor así, con la de disgustos que dan. "Me llamo Esther". "Pero tutéame, mujer". "Es que podría ser mi padre". "Por eso mismo".

Texto: Rafael Maldonado
Foto: Salvador Altimir

domingo, 13 de octubre de 2013

La novia y el chofer.

Margarita, ¡es tan feliz! Esta mañana otoñal. Anoche durmió raro. Pero, una no se casa todos los días. El vestido le sienta genial. Jamás la peinaron y maquillaron tan bien. Siente que está radiante. Deja la casa de los padres. Ahora estará con David.

No van a tenerlo fácil. David terminó empresariales y todavía no tiene trabajo. Pero, de momento, les bastará con los mil euros que ella gana en el bufete. El piso les quedó fenomenal. La madre de David tiene mucho gusto. Se lleva muy bien con ella. Tanta ilusión por delante. ¡El día más feliz de mi vida!

Esta mañana, Juan Carlos está muy cansado. Pasó la noche en el hospital. Remedios está cada día peor. Por mucho que digan los médicos, ve que se está muriendo. No mejora nada. No es que la quiera demasiado. En realidad, nunca la quiso. Pero han pasado más de cuarenta años casados. Y eso, de una manera u otra, pesa.

Compartieron hogar. Tuvieron cuatro hijos. No se amaron. Tal vez un poco los primeros años. Pero, ¿eso importa? No discuten demasiado. Se hacen compañía. Cuando cobre la viudedad, igual se plantea dejar este empleo de chofer. Ya un poco harto de pasear a novios.

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Margarita y David se separaron a los siete años de casados. Ella conoció a Javier, un fotógrafo de bodas. Se enamoraron. David lo pasó mal durante unos nueve meses. Pero le nombraron product manager y ya le fue bien disponer de más dinero.

Juan Carlos ya no es viudo. Se volvió a casar con Carlota, veinte años más joven que el. La deja hacer, no le importa. Los ratos que pasan juntos, le valen.

domingo, 21 de julio de 2013

Un poco más allá.


Un poco más allá. Salir del espacio chico del cada día.
(Pero como más te acercas al horizonte, más lejano está. Porque estás más cansado)

¿Que podía contarle Alfonso a Clara?
Que si, que ya está, que lo pasaron bien, que fueron unos años hermosos…
- Que somos una familia, que los hijos son felices y nuestros padres nos adoran.
- No es lo que piensas. Si que eres muy guapa. Eres la más hermosa del mundo. No es eso.

¡Ay! La pobre Clara. En su bikini a rallas verdes y azules. La cabellera rubia mecida por el viento. El cuerpo esculpido en el gimnasio. Las uñas, perfectas, de color carmín. Como los labios.
- Alfonso, no lo hagas. Ahora, ya, no. No quiero sufrir.

Pero Alfonso, a sus 52 años, estaba decidido a hacer un curso de Windsurf. Pesara a quien pesara.

(Para Rosa B. que seguro que pilla.)


domingo, 26 de mayo de 2013

Nacer pobre


Joder. Joder y joder. No pensaste nunca que las cosas pudieran ir tan mal. Una infancia de miseria en el Pakistan natal. Vida en una media casa. Las calles llenas de barro. Una escuela mínima para aprender un par de cosas. A los 10 años trabajando para hacer camisas. El encargado siempre chillando. ¡Azotes!
A los 16 alguien te habla de marchar a Europa. Ahorras los dos mil ni se sabe como. A los 24, ya casado y con tu hija, tomaís el vuelo. A Paris.
Un barrio del sur. Un trabajo duro en el mercado de abastos. Cargar con esas terneras tan grandes durante ocho horas.
La niña crece. Va a la escuela. Aprende.
Te duele tanto la espalda que ya no sabes si podrás continuar. Tienes 40 ya.
Mahin te dice: Ves a España. Ahi están bien. Monta tu negocio.
Sigues ahorrando. Llegas a Barcelona en el 2007. Te ayudan a buscar el local. Un pequeño lugar en la calle Aribau. "El millor preu", le llamas. Un colmado donde vendes un poco de todo. Abierto desde las 10 de la mañana hasta las 11 de la noche. Todos los días. Tu mujer te ayuda a cubrir las horas. La niña, que ya no es para nada niña, está estudiando para ser fisioterapeuta.
Parece que la vida va bien. Hay sonrisas. Por la noche. El único momento para el descanso.
Pero en el 2009 algo se tuerce. No sabes que pasa. Los clientes bajan. Vendes menos.
Esa gente alegre que pasaba a última hora a comprar bebidas y algo para comer ya no viene.
En el 2011 todo es peor. En la calle de arriba han abierto un supermercado, de cadena, que hace el mismo horario bestia que el tuyo.
Casi nadie entra ya en tu tienda.
Hace un par de meses que has colgado un cartel para traspasar el negocio.
Nadie está interesado. Ya te ves bajando la persiana, un día.
Y no volver.
Y ya no saber que hacer.
Joder. Joder y joder.
Esta vida no es para los que nacimos pobres.

miércoles, 20 de febrero de 2013

¿Nos vamos?


- ¡Vale! Pero nos tenemos que ir a Puerto Rico. Solo ahí, con un poco de suerte, puedan aceptarnos. Seguir aquí es un suicidio social. ¿Lo ves?
- En realidad, solo quiero estar junto a ti. Ni se cuanto tiempo puede durar eso.
- Ese es el tema. Igual aguantamos un par de años. Lo que duren las chispas de ahora. Pero un proyecto ni nos lo dejarán hacer.
- ¿Pero que haremos en Puerto Rico?
- Imagino que, al principio, tomar el sol y pescar al atardecer. Pero tu tienes una profesión. Yo también. Terminaremos haciendo lo de aquí.
- ¿Te atreves?
- ¿Tu?
- ¿Vamos?
- Compro los billetes.


sábado, 20 de octubre de 2012

Edades


Cuando los humanos dejamos la infancia y entramos a la adolescencia descubrimos que hay un mundo tras las paredes de la familia. ¡Los amigos! Pasaremos años buscando amistades, intentando consolidarlas. La relación con otros seres humanos es lo más importante. Buscamos, también, el amor. Establecer una relación de pareja. Que soñamos estable. Y, con suerte indefinida.


A medida que crecemos y cruzamos la frontera mágica (y magíca) de los 30 años (+ o -), sin abandonar las ansias de relación, aparece el deseo de dejar huella en la vida. De preocuparnos por la trascendencia de lo que hacemos. Empezamos a pensar en la gente que viene por detrás. En educar a nuestros hijos. En comprometernos en el trabajo. Intentar que el mundo sea mejor. Ya no solo para nosotros, que es la idea adolescente. También para los demás. Que existen o existirán.


Esto supone una curva de crecimiento apasionante que, lamentablemente, tiene un momento de inflexión. La vejez. ¿Que hay que hacer entonces? Posiblemente, pensar que si no llegamos a algo, otras cosas también pueden ser atractivas. Es la adaptación. También hay que mantener la ilusión en seguir dejando huella. Aportar nuestro pequeño o grande granito que ayude a mejorar la humanidad. Avanzar.
Entiendo que coexistimos cinco generaciones. Los niños hasta los 14 años. Los adolescentes y jóvenes que se prolongan hasta los 30. Los adultos hasta los 70. Y los viejos hasta el mas allá.
A medida que avanzamos en generación pasamos de gran heterogeneidad (No tiene nada que ver un niño de 2 años con otro de 12, pero más cerca están una chica de 17 con otra de 27) a una mayor homogeneidad (No es complicada la relación de un hombre de 38 con otro de 62) Incluso en la relación de pareja. Posiblemente conseguirán mayor estabilidad dos personas de 55 y 35 años que otras de 45 y 25, aunque se lleven, en ambos casos, 20 años de diferencia.



El dialogo intergeneracional es complejo. Hoy me preguntaron sobre eso. Parece ser que el más sencillo es entre los niños y los ancianos. No se. Aunque es seguro que los abuelos saben (aunque no lo sepan) que están protegiendo al 25% de su carga genética.
Es un tema que da para pensar mucho. Tengo que aprender más psicología evolutiva si quiero mejorar en mi conocimiento. Que ando muy verde.

martes, 21 de agosto de 2012

Dos dias antes de las vacaciones


Me despierto a las 5 de la mañana asfixiado por el calor y la boca seca. Abro la nevera y me sirvo dos vasos de Fonter. Vuelvo a la cama pero, ¡aja! estoy totalmente desvelado. Doy vueltas para buscar una buena postura. Solo consigo ponerme más nervioso sin saber donde colocar el brazo. ¿Encima o debajo de la almohada? Vuelvo a levantarme. Miro por la ventana. Evidentemente, no hay nadie en la calle. Me siento en el sofá. Juego con el iphone. Entro en whatsapp… ¡Mierda! Que van a pensar mis contactos. No es muy normal que alguien como yo este whatsappeando a las 5 de la mañana. Vuelvo a acostarme. Parece que finalmente voy a dormirme. Pero a las 6 menos 10 empiezan a sonar los despertadores de Ana. Tres. Cada 5 minutos. Alguno, con alarma repetida. Aguanto media hora dando vueltas. Poco más. Nesspreso y ducha. A las 7:10 estoy en la calle. Hoy inauguraré el hospital.
Pues no, Luis ya está en su mesa con el SAP abierto. No pregunto. A esas horas nunca pregunto ni respondo.
Hasta la sesión de las 8:30, lo de siempre: mails, ver las interconsultas del día anterior, si ha habido alguna incidencia con los ingresados… Me sobra tiempo. ¿Que hago? A esta hora todavía no hay noticias sobre la prima de riesgo. Me entra sueño. Va llegando la gente. Con un tempo muy de Agosto
Empezamos la sesión. Pocos casos nuevos. Sin problemas especiales. Lo más entretenido unos pacientes de Santa Coloma que tienen piscina en casa. Guardia Civil del puerto.
Es el cumple de Yolanda. Trae chuches para todos y xupa xups que regalará selectivamente.
A las 10 el "morning". Bety, las de admisiones, Paco, el Cap de Trauma, Antonia y una de Onco de la que no recuerdo el nombre. Mucha gente de vacaciones. Milagro. Tenemos 7 camas libres. Solo hay presión en las Unidades de Críticos.
El resto del día es muy tranquilo. Visito a cuatro pacientes en planta. Paso a hablar un rato con Martí, pero no está de humor. Bajo a consultas para hacer una visita que había citado el día anterior. Llega media hora tarde.
El resto de la mañana lo dedico a aquellas tareas que durante el año vas dejando para agosto y que al final haces los 2 últimos días antes de las vacaciones. En un curso de coaching me dijeron que lo no urgente/no importante se podía no hacer. Menos mal.
Almorzamos. Ensalada de arroz y ¿pechuga? de pollo con calabacín. No pruebo el melón que parece muy blando. Conversación de cotilleo. Entiéndase que no puedo dar nombres.
A las 3 me quedo solo. Patricia no comía hoy en el trabajo por noseque.
Me pongo con un escrito sobre la nueva alianza UFISS/TS que me piden de dirección. Lo dejo a medias para empezar a redactar el abstract de la comunicación sobre el NPI. Entro - en microdesconexiones - en El Pais, el 20 minutos, la MYF y alguna que otra página. A las 5 menos cinco me marcho.
Calor bestial. Según el iphone, sensación térmica de 45ºC. Y el aire acondicionado del coche estropeado. Mando un whatsapp a Ana que se solidariza desde la protección del aire acondicionado doméstico.
Llego a la ONCE asfixiado de calor y con la marca sudada del cinturón de seguridad. Antes de entrar voy a un bar y pido un Vichy. Me sirven una marca desconocida (que ya no recuerdo) que está bastante bien. Burbujitas no muy gordas.
En la 1ª planta solo estamos la señora de la limpieza y yo. Había una visita pero la han cambiado de día.
Llego a casa a las 7 y 10. 12 horas después de haber salido y con sensación de no haber hecho demasiadas cosas interesantes o útiles.
Me esperan con una lista grandísima de cosas que hay que comprar en el súper. Ayer dije que iría. Pego los gritos habituales (parezco un esclavo, imposible traer todo esto) a los que, invariablemente, nadie presta atención.
En la calle me doy cuenta que no llevo la cartera. Pero si 30 euros.
Hago la compra y me acerco a la caja donde se cumplen las condiciones idóneas: cajera identificada como rápida y personas con carros poco llenos. Esas son las principales. Las secundarias son que no haya ninguna mujer de edad avanzada con deterioro cognitivo leve y otra, que no comento, pero que tiene, también, que ver con la cajera.
Pasa los productos. 32.50 euros. ¡Tenía que pasarme! Intento decidir que cosas puedo dejar. Sacrifico el zumo de naranja y una de las dos tabletas de chocolate negro. Los de la cola, presidida por un joven musculoso, me fulminan con la mirada. Y ponen los ojos en blanco suspirando airadamente cuando la cajera (jovencita) tiene que llamar a la responsable de turno pues se ha liado con la devolución. Paso un mal rato que no recomiendo a nadie.
Ya en la calle me cruzo con el vecino ingeniero con el que coincido muchas veces en el súper. Nos mandamos una sonrisa cómplice.
Al llegar a casa me quito rápidamente la ropa de calle. Recuerdo que hoy es martes y hay que bajar el viejo somier de Marta para que lo recojan los del ayuntamiento. Esta vez no valdrá la excusa de "tu ya estás vestido".
Ejerzo de cabeza de familia y mando la tarea a Daniel y Marta. Protestán. Pero me mantengo implacable. Por una vez.
Me pongo a escribir esto mientras se enfría una cerveza en el congelador.
A las 8 y media está suficientemente fría. Me la sirvo. ¡En un vaso que Ana acaba de sacar del lavavajillas y está caliente!
Da igual.
Si no ocurre nada especial este cuento está listo para la imprenta.
Y para esta ocasión especial. ¡Sin foto! Que alguna norma hay que romper de vez en cuando.

sábado, 18 de agosto de 2012

La Cortesia de Viena

Entre Octubre de 1982 y Septiembre de 1983 viví en Madrid. En aquellos tiempos, la denominada movida madrileña estaba muy presente en la ciudad.
No estuve muy integrado en todo aquello - apenas conocía a gente - pero acudí a algún que otro concierto.
Hace unas semanas, haciendo limpieza de esas cosas que guardamos sin saber muy bien porque, encontré un folleto amarillento que, creo recordar, me dieron al entrar en un local.
Es la letra de una canción, posiblemente la más representativa, de un grupo que actuó ahí.
Imposible acordarme de la música. Imagino que guitarras no demasíado agresivas y músicos con americana corta y pelo bien peinado. He googleado, pero no hay referencias.
Busque en mi archivo alguna fotografía que pudiera acompañar esa letra, muy sugestiva de esa manera de pensar que caracterizó "la movida" y que terminó por finiquitarla.

La canción: 

No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 
No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 
No hay nada que podamos hacer juntos. 
Solo muchos sin sentidos. 
No hay futuro. 
El presente es una atrocidad. 
Deja de ser amable, 
deja de sonreir, 
olvida las palabras. 
Mis manos no son tuyas. 
No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 
No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 
Vienes a un momento que no es 
nuestro. 
Tras un chispazo al corazón. 
Claro que te siento. 
Sabes que te adoro. 
Abrázame un poco. 
Cierra los ojos. 
Te quiero cerca, 
casi fundida en mi. 
No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 
No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 
Puede ser final sin comienzo 
libre. 
Regreso al futuro no sirve. 
Tus hijos no serán los míos. 
Mejor permitir que los tiempos 
fluyan con independencia 
y nosotros olvidemos 
este intento de suicidio. 
No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 
No se lo que me pasa contigo. Pero algo me pasa. 

 La Cortesía de Viena (1982 o 1983)

¿Va de amores imposibles o juegos con el azúcar marrón?

La foto:


 

lunes, 14 de mayo de 2012

Ángel Herreros: Tarjetas de memoria.



Hablando no hace mucho con un amigo en un blog de Internet (la amistad en un medio tan insólito como Internet, un fenómeno que merecería ser estudiado), recordábamos aquellas cajas de hojadelata de determinada marca de cacao, donde iban a parar todas las fotos de familia y las postales que los aventureros de la época mandaban desde sitios tan fascinantes - al menos entonces, y supongo que debido a la ensoñación infantil de la época- como Benalmádena, Gandía, Benidorm, Las Cuevas del Drach en Mallorca…, el summun de lo exótico. Y las reacciones que provocaba su visionado varias décadas después. 

 De tal modo que me dispuse a buscar la famosa lata de cacao y pasar un buen rato mirando aquellos documentos que de algún modo ponen el prólogo a tus propias vivencias y a las de tu mujer –porque sí, al final todo me mezcla-. 

 Lo clásico: la mili de tu padre, la de tu suegro, las distintas bodas, bautizos y comuniones… etc , hasta que vuelvo a ver una foto que siempre me ha llamado mucho la atención, una foto que debe datar de los primeros años setenta, y que la he considerado un genuino, aunque algo cutre, modo explicativo de algunos de los comportamientos de la época. 

 Durante las Fiestas Patronales – otra cosa a investigar- en un pueblo de Castilla, una imagen refleja el momento en que el campeón de una carrera de burros “posa” con un más bien pírrico trofeo, y a falta de acontecimientos de más interés, a su alrededor se arremolinan algunos personajes curiosos. A saber; 

 Desde luego lo que más llama la atención son las “misses” y su uniformidad casi carmelita: el mismo peinado, el mismo tipo de gafas, el mismo vestido (y de exactamente la misma altura, encima de las rodillas). Una de ellas, tal vez la más audaz, lleva un vestido de paramecios, y además esboza lo más parecido a una sonrisa –ya digo que parece la más audaz-. La verdad, cuesta trabajo pensar el motivo por el cual otras chicas no fueron elegidas para tamaño honor. 

 Supongo que entonces esa manera de vestirse para las fiestas fuese una tendencia, pero para ser tendencia harían al menos falta un grupo de personas, y que un grupo de personas decidieran salir de ese modo a la calle…, sorprende. Casi tanto como la camisa post ye-ye –a juego con el tupé- que lleva el señor de la derecha, y que se la debió de poner ese día por alguna especie de solidaridad rural. 

 El campeón… Como ya hemos comentado más arriba, posa de lo más orgulloso con su trofeo ciertamente chuchurrío, ¡tanto esfuerzo para tan poco!. 

 La escena tiene como fondo casual la lona de la Tómbola Marines, una de las pocas atracciones de aquellos años mucho antes de que cualquier evento fuese “esponsorizado”. También junto a la lona se ve una de las pocas pintadas autorizadas de aquellos años y que fueron tan populares, al menos en aquellos pueblos castellanos: ¡Vivan los quintos del 64!. Total… ¡que más da!. 

 Supongo que a varias décadas vista, la contemplación de esta imagen nos hace sonreír sin ningún disimulo, pero debemos tener en cuenta, y creo que no me equivoco, por mucho que nos sorprenda, y es que a pesar de todo, esos personajes de la foto…¡Somos nosotros!.

viernes, 20 de abril de 2012

¿Que ha pasado que yo no puedo entender?



Marga vino a España buscando algo que no le daban en su Ecuador natal. Tampoco demasiado. Un poco de casa y algo para ir tirando. También buscaba un ahorro para ayudar a los que no dieron el paso de cruzar el charco. Al principio las cosas fueron bien. Incluso más que bien. 
Su formación como ingeniera informática le abrió las puertas en una empresa dedicada a la gestión de ventas de viviendas de segunda mano. No solo montó la Web. Era la máxima responsable de su mantenimiento. Tenía un sueldo fijo flojo, 1200€. Pero con las comisiones llegaba a los 5000€ cada mes. Dinero cobrado en negro. Enviaba 2000€ mensuales a su familia en Guayaquil.
A principios de 2010, la empresa inmobiliaria cerró. Eva cobró una indemnización de 10000€. Viajó a su país durante unos tres meses. Visitó a la familia y descansó.
A la vuelta tardó dos meses en encontrar un nuevo trabajo. Se encargó de ser uno de los supervisores del funcionamiento de la red informática de los cajeros de una Caja de Ahorros. Pocos meses más tarde, tres, la despidieron. Fue su primera experiencia en una regulación de empleo. 
Los siguientes doce meses fueron angustiosos. No solo no encontraba un trabajo adecuado a su preparación. Ya no había ningún trabajo. 
En la campaña de Navidad del 2011 la contrataron para promocionar nuevas terminales telefónicas. El empleo duró 20 días. 
Gracias a un amigo consiguió entrar como limpiadora en un restaurante del Eixample de Barcelona. Su sueldo, ahora, es de 700€ mensuales.
Hace un año que Eva dejó su piso. Ahora, comparte con otras. Son seis en una vivienda de 65 m2 en Nou Barris. A 40 minutos, en metro, del empleo.
Ya no puede enviar dinero a su familia. Y cada mañana se pregunta: ¿Que ha pasado que yo no puedo entender?
Marga es una de las personas mas preparadas de su generación. Y tiene ganas de ayudar a sus coetáneos. 
Ni ella, ni yo mismo, podemos explicar cuales son los derechos (y porque los tienen) de esa minoría codiciosa que aplasta el desarrollo de la gente que solo quiere contribuir a hacer que todas las personas podamos vivir un poco mejor.

jueves, 12 de abril de 2012

Gemelas

Las llamaremos Maria y Juana.
La historia.
Eran gemelas idénticas. Compartían los mismos génes. A pesar de su edad, 96 años, seguían siendo muy iguales. Pesaban y medían lo mismo. Sus rasgos externos las hacían indistinguibles. No es muy frecuente. Los diferentes hábitos y circunstancias vitales suelen "moldear" a los gemélos idénticos y van siendo cada vez mas diferentes con el paso de los años.
En este caso, ambas vivieron siempre juntas. Compartieron trabajo, hábitos alimenticios, aficiones y, en general, una manera casi idéntica de afrontar la vida. Estaban sanas y se mantenían muy activas hasta que una inoportuna gripe desencadenó una insuficiencia cardiaca en Juana. Durante el ingreso se descubrió que padecía un problema en la válvula aórtica del corazón. El día en que tomé la fotografía parecía que todo iba bien. Ya no necesitaba medicación endovenosa ni oxígeno. Comía con apetito y estaba animada. 
Aquella noche sufrió una arritmia cardiaca y falleció. No se consideró oportuno realizar maniobras de reanimación. Ella no lo quería.
A día de hoy, no tengo noticias de María. Hasta donde sé no ha ingresado nunca en el hospital.


No es una fotografía extraordinaria, pero al reencontrarla, me han entrado ganas de contar la historia que tiene detrás. Esas pequeñas o grandes historias, que están, siempre, tras una simple fotografía. 
La hacen grande.


Creo.