sábado, 26 de enero de 2013

Un hotel

Un gran hotel en la costa, de esos en los que todo parece estar incluído. Un mundo aparte, alejado e independiente de la vida real en la población. No es difícil imaginar a sus trabajadores locales procurando olvidarlo al final de la jornada laboral, como si no fuera parte de sus vidas.




Dos carteles, dos formas de pasar las vacaciones. Son las doce del mediodía y mientras una habitación, vacía ya desde hace horas, clama por su limpieza, en la adyacente sus ocupantes duermen los excesos de la noche anterior. Turismo de cámara y zapatillas, turismo de gin-tonics y verbena.







Turismo.

domingo, 20 de enero de 2013

La conquista del palacio


Una semana antes no sabía a donde iba y un día antes ni siquiera me importaba. Una hora antes una puñetera señal se alió con el gps para acabar con el misterio: destino Trujillo. No recordaba haber oído hablar de semejante nombre, pero me contaron que había sido cuna de ilustres personajes como Pizarro -conste la asociación como anécdota ya que sigo sin compartir ese orgullo de ser de algún sitio-.
Al poco de llegar el GPS se humilló para compensar su desliz previo, a costa de entregarnos a unas callejuelas empinadas que ascendimos maleta en mano. Tras días de espera, horas de viaje, siete exclamaciones de satisfacción y un saludo rápido a Pizarro y su caballo, entramos en nuestro Palacio de Chaves.






     Acompañados de susurros recorrimos las estancias repletas de libros y retratos que parecían espiar desde la penumbra mientras meditaban sobre nuestra presencia. La habitación nos abrió sus puertas de época y allí nos refugiamos de sus miradas inquisidoras. Tonalidades verdosas, ocres y amarillas guardaban sofás y butacas de exquisito regusto añejo, espejos de profundidad etérea, alfombras sin fin, un techo inalcanzable apoyado en estrechas ventanas y en la semipenumbra, a mitad de camino de una cama fastuosa, un biombo suavemente iluminado de efecto hipnótico. Las paredes rezumaban una elegancia orgullosa que no entiende de siglos; ahora resignadas a la violación de tiempos modernos.



El atardecer nos empujó a la calle y nos dispusimos a someter a Pizarro y conquistar su hermoso Trujillo. Callejeando entramos en la pintoresca y acogedora Plaza Mayor. La luz del atardecer arrancaba bonitos volúmenes y contrastes obligándonos a recorrer sus pedacitos de historia repletos de rincones románticos. Nos dejamos guiar por ella para explorar perezosamente los alrededores. Incluso tuvimos la oportunidad de recoger la puesta de sol sobre el "skyline" de Trujillo; sin rascacielos pero igualmente evocador.
A una señal del alumbrado público nos dirigimos a las terrazas de la Plaza Mayor haciendo una parada para comprar Pimentón de la Vera que parece ser, nos habían encargado unos amigos. Cosas de la vida! se ve que ellos si que conocían mi destino.



Un amable camarero nos recomendó un vino local de nombre irresistible: Habla el Silencio. Le hicimos honores paladeando en contemplación la vida de la plaza al anochecer. Y allí en silencio, fue cuando comenzaron a resonar sugerentes palabras que anticipaban una noche de sorpresa y fantasía en nuestro palacio. No conseguí descubrir el guión exacto; los dioses no son muy dados a revelar las vicisitudes que nos reservan para el futuro. Pero la intuición, hija de la experiencia, enseguida se encargó de dibujar infinitos escenarios y representaciones, cada cual más cargado de alquimia y erotismo. La cama, los espejos, los sofás, las alfombras, los cuadros, todo nuestro palacio giraba vertiginosamente mientras que de aquel hipnótico biombo surgía vaporosamente una fantasía que latía al ritmo del deseo. Sólo tuvimos tiempo de tomar otro vino y cuando le pedí al camarero que nos sirviese otras copas del Silencio de los Corderos comprendimos que nuestros sentidos ya no estaban en aquella plaza; habían huido por otros caminos de lujuria y perversión.





Un paseo apresurado e impaciente nos llevó de vuelta a palacio. Tuve la sensación de que los otrora retratos inquisidores nos hacían guiños pícaros y emitían risitas cómplices a nuestro paso. Ellos, testigos privilegiados del tiempo, se vestían ahora con toga y cruzaban apuestas sin recato ni disimulo.
Permitidme sin embargo que no mancille la integridad de imaginación y fantasía y las mantenga vivas y ardientes tras la puerta. Buenas noches!

A la mañana siguiente descubrí fascinado a las diosas del palacio mirándose de tú a tú mientras, dentro de sus marcos, el resto de criaturas inclinaba la cabeza con rendida pleitesía y veneración.
Sólo queda esperar la próxima parada de nuestro particular Viaje a Ítaca. Hasta la vista!



miércoles, 16 de enero de 2013

Los sueños cine son




En ese mismo edificio, en la planta baja, dentro de un mes y pico, hará 48 años que nací ahí.
Para ilustrar la imagen, podría poner el poema de Serrat “Mi niñez”. Y podéis creer que el 95% del texto  es tal cual mi niñez. Pero voy a intentar escribir algo de mi cosecha, que seguro será de peor calidad, pero con mucho corazón.

Allí viví hasta los 18; toda una vida y más. Pero será en la infancia, hasta eso de los 10 años, donde guardo los mejores y añorados recuerdos.

Cuando ese vano no estaba tapiado, existía una puerta, que llamábamos “la puerta de cristales”. Era la puerta en la que desde muy pequeño, cuando oía el repiquetear de la lluvia en el tejado de uralita de la cocina que había en el patio interior,  me asomaba a vislumbrar los caminos caprichosos que formaban las gotas de agua. Me quedaba horas hasta que la tormenta pasara. Y como los ríos del cristal se iban quedando secos; con el dedo lo martilleaba para que las aguas dispersas se unieran y siguieran su camino hacia su desaparición en el marco de madera.

Mi madre me contaba que una vez hubo una tormenta tan grande, que se produjo una inundación, y que por esa misma calle que miraba, el nivel subió casi un metro.

Daba igual que hiciera frio en aquellos momentos; en casa disponíamos de una estufa Butatén. Incluso los reyes, un año me dejaron un batín y un paraguas. ¡Un batín y un paraguas!. La verdad, no se en que estarían pensando, porque yo claramente había pedido un cinexin y una bici. Mi madre decía que los reyes son muy sabios y que traen sobre todo cosas necesarias…


Si de esa puerta iba recto al borde de la acera, con cinco grandes saltos de un niño de siete años, llegaba a la otra parte de la calle. Aquel sitio era cuasisagrado, por lo menos por mí, reverenciado. Si alzaba los ojos se veía el rótulo de “Cine Majestic”, subrayado con carteles de películas pintados a mano, que luego en Pascua servían para hacer cachirulos.

Solamente con asomar la nariz por la puerta de entrada, Fermín, el que partía las entradas, me decía:  “adelante chaval”. ¡Eso significaba una tarde de sesión doble!, de spaguetti wester, de chinos karatecas con Bruce Lee, o de cosas bizarras como: La Masa y Superman se citan en Tokio.
Si era verano, las puertas de emergencia estaban abiertas, pues no existía el aire acondicionado. Únicamente quedaba separada la sala de proyección de la calle, por una cortina muy gruesa. Y mi madre, hacia las siete y media de la tarde más o menos, entraba por esa cortina, me buscaba y me daba una botella de medio litro de gaseosa “El Siglo”, medio pan de cuarto con filetes de carne de caballo, tortilla francesa, un plátano y un beso.

Ahora, ya pertrechado, podía dejarme llevar por la fantasía de que algún día yo también haría una película y la pondrían en ese cine. Pero claro, si los reyes se empeñaban en no regalarme el cinexin, no iba a poder ser.

lunes, 7 de enero de 2013

Paz y amor


Parece que viene un año chungo.
Tu, lector, vas a ser más pobre. Que no es lo mismo que ser algo menos rico.
Con algo de suerte, igual puedes conservar ese trabajo que cada vez estará más mal pagado. En casa, cada vez más nerviosos. Cuesta renunciar.
Olvídate de aquello que podría darte el dinero.
Abraza a las personas que ames. Siente su calor. Si eso es lo que tienes, queda una oportunidad.
Paz y amor para el 2013.