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martes, 18 de septiembre de 2012

Caprichos (de la vida y de la muerte)




Es curioso.
En la mayoría de pueblos y ciudades europeos los cementerios están integrados en la vida, entre las calles. Como los cementerios son parques, la gente va allí a leer el periódico, un libro o a comer un sandwich. O simplemente pasan por el cementerio porque constituye un atajo a su destino.

Los nuestros no... Nosotros no.

En muchos casos, la mera visión de un cementerio constituye casi un trauma. Esas necrópolis se nos aparecen como buques llenos de tristeza y desesperación, donde solo entramos si no podemos evitarlo, sea vivo o muerto. A diferencia de otros lugares donde la mayoría de los fallecidos termina su ciclo bajo tierra, nuestros muertos suelen permanecer en un pequeño “habitáculo” (aunque en este caso sería una denominación incorrecta si pensamos que habitar significa vivir) llamado nicho (vaya palabra fea), apilado uno sobre otro de la misma forma que los pisos en las casas de pisos. 

Sin embargo, mirando desde dentro de algunos cementerios la integración con la ciudad es mucho mayor de lo que creemos. Desde allí distinguimos hoteles, casas de pisos, centros comerciales, etc. Algunos de ellos incluso son muy muy parecidos a la necrópolis desde la cual los estamos viendo.


En realidad, cementerio significa “ciudad de durmientes”. Definición hermosa. Aunque en algunos de ellos, como el de Montjuïc de Barcelona, eso de dormir debería ser casi imposible si no fuera porque este es un sueño realmente profundo e inevitable. Al lado de la Ronda Litoral, casi una autovía, y de la parte comercial del puerto, los ruídos son constantes a todas horas. El otro día un atasco me obligó a parar en la ronda delante de Montjuïc. No podía evitar pensar en los miles de cuerpos acumulados, dormidos allí de forma plácida, o no,... en los miles de personas que fueron, quizá millones.. .


©fotos y texto: Sabina Salicrú


Nota de la autora: Todo parecido con la realidad puede ser pura coincidencia.

jueves, 5 de abril de 2012

Sabina Salicrú: Futuro, presente, mi yo




A veces me siento fuera de mí misma.
Como en aquellas películas en que en el momento de la muerte el espíritu sale del cuerpo y observa desde arriba cómo los sanitarios intentan reanimar un cuerpo predestinado a quedarse frío en poco tiempo.
Toda mi vida, toda, mi alma ha creído que podría vivir mil vidas, que mi vida real no era la única y que ya haría más adelante, en otra realidad, todo aquello que no podía hacer en ese momento...
Toda mi vida, toda, mi alma ha sospechado que mi edad tiene edades paralelas, que después de esta realidad, mil vidas me están esperando para hacer aquello que hoy no tengo tiempo de disfrutar o experimentar...

Y hace unos años, pocos, mi alma ha descubierto que no.
Aproximadamente a la mitad de mi esperanza de vida, mi espíritu se ha dado cuenta que no, que aquellas cosas que no puedo hacer hoy ya no las podré vivir en otro hoy. Quizá podré hacerlas mañana, pero solo en mi realidad actual. Y si no las hago mañana, ya no las podré vivir nunca.
Mi cabeza se asienta, sube por encima de mi alma y le ordena que vea las cosas con la realidad del pensamiento cerebral (no menos irreal que el anímico, ya lo sé) y mi espíritu se doblega y somete, no sin cierta resistencia...
Pero también disfruto de esa realidad descubierta. Ahora ya sé que hay que vivir cada momento, no dejar para mañana lo que puedas hacer hoy y sobretodo, sobretodo, hacer que los demás gocen con mi compañía...
Será la manera de asegurarme ver felices a mis seres más queridos y no tan queridos! Será la manera de conseguir mi propia felicidad...

Nota de la autora: Todo parecido con la realidad puede ser pura coincidencia.

Sabina Salicrú