Es curioso.
En la mayoría de pueblos y ciudades europeos los cementerios están integrados en la vida, entre las calles. Como los cementerios son parques, la gente va allí a leer el periódico, un libro o a comer un sandwich. O simplemente pasan por el cementerio porque constituye un atajo a su destino.
Los nuestros no... Nosotros no.
En muchos casos, la mera visión de un cementerio constituye casi un trauma. Esas necrópolis se nos aparecen como buques llenos de tristeza y desesperación, donde solo entramos si no podemos evitarlo, sea vivo o muerto. A diferencia de otros lugares donde la mayoría de los fallecidos termina su ciclo bajo tierra, nuestros muertos suelen permanecer en un pequeño “habitáculo” (aunque en este caso sería una denominación incorrecta si pensamos que habitar significa vivir) llamado nicho (vaya palabra fea), apilado uno sobre otro de la misma forma que los pisos en las casas de pisos.
Sin embargo, mirando desde dentro de algunos cementerios la integración con la ciudad es mucho mayor de lo que creemos. Desde allí distinguimos hoteles, casas de pisos, centros comerciales, etc. Algunos de ellos incluso son muy muy parecidos a la necrópolis desde la cual los estamos viendo.
En realidad, cementerio significa “ciudad de durmientes”. Definición hermosa. Aunque en algunos de ellos, como el de Montjuïc de Barcelona, eso de dormir debería ser casi imposible si no fuera porque este es un sueño realmente profundo e inevitable. Al lado de la Ronda Litoral, casi una autovía, y de la parte comercial del puerto, los ruídos son constantes a todas horas. El otro día un atasco me obligó a parar en la ronda delante de Montjuïc. No podía evitar pensar en los miles de cuerpos acumulados, dormidos allí de forma plácida, o no,... en los miles de personas que fueron, quizá millones.. .
©fotos y texto: Sabina Salicrú
Nota de la autora: Todo parecido con la realidad puede ser pura coincidencia.


