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jueves, 28 de febrero de 2013

La marea

Avanza la marea y desde la más punkie de las crestas hasta el ama de casa que recién secó el último de los platos desfilan sin prisa por las calles de Madrid. Todas las siglas, los colores, los modos de vida. Todas las lenguas y formas de entender el equilibrio entre los individuos y las colectividades. Sólo una ausencia, la de las élites económicas que tanto y tan poco tienen que ver con esa lenta corriente que, semisólida, todo parece llevar.



Y la ola avanza, no bajo el estrépito de la tormenta, sino de una banda sonora que lentamente pasa del ritmo de los tambores al caos de pitos y cánticos, como una radio a la que con parsimonia se le revisan los tesoros que esconde su dial.



Y al final de su camino la ola rompe contra la escollera y se disuelve. Movimiento mil veces repetido, nada nuevo bajo el sol, piensan los de arriba. Habrá más y pasarán. Pero las formas del mundo se han forjado de esta manera, y no hubo piedra tan resistente que quedara en su lugar.

domingo, 3 de febrero de 2013

Febrero 2013

Cualquier intento de escribir esta tarde dominguera de primeros de Febrero y no hacer referencia a lo que está pasando se me ocurre casi inmoral.
Ya no es solo el convencimiento de los misiles directos a un cierto estado solidario, que no de bienestar. Ese no lo hemos tenido nunca.
Ver que, además, durante tantos años, mientras largaban un discurso de ciudadanía y democracia, estafaban sin pudor ni vergüenza.
Llenos los bolsillos de nuestros esfuerzos.
¿Que va a pasar con esa cantidad de jóvenes a los que se les puede escapar el futuro?
¿Y esos adultos que han dejado sin la segunda oportunidad?
¿Que va a pasar con nosotros? Con todos nosotros.
Es una lucha entre clases sociales. Los pocos que poseen casi todo contra los muchos que casi no tienen nada. 
La clase media, atontada, engañada, adormilada, confía en su oportunidad. Pero es un espejismo. Desaparecerá.

Habrá que volver a las barricadas.

 Me pilla cansado para liderar. Pero si me arrastran, ahí nos encontraremos.

No son las escaleras de Serguéi Eisenstein, pero, a mi, me valen.




viernes, 9 de noviembre de 2012

Castells

La humanidad siempre ha tenido la necesidad de proyectarse hacia arriba, ya sea en el plano espiritual como en el material a través de diferentes expresiones culturales e ingenios de todo tipo. Una de las que me parece más fascinante ya sea por proximidad cultural y geográfica son las torres humanas llamadas Castellers (Castillos). Estas construcciones humanas levantadas con el esfuerzo de un conjunto de personas pueden extrapolarse metafóricamente a la construcción y desarrollo de una sociedad moderna actual. En estas estructuras humanas encontramos ciertos elementos que de manera simbólica tienen su paralelismo en la sociedad, como la base llamada "Piña" que refuerza la construcción y le da apoyo, la base y el tronco por el que van subiendo los integrantes de los pisos, y, finalmente el "enxaneta" la labor del cual es llegar hasta arriba del todo y coronar el castillo que es uno de los objetivos comunes a alcanzar, si consiguen desmontarlo sin que la estructura se derrumbe el éxito es total.


Para que el "enxaneta" pueda alzar el brazo en la cumbre es necesario que todos y cada uno de los que están debajo aporten su máximo esfuerzo, concentración y sentido de equipo para alcanzar el objetivo propuesto. También es necesario por parte de los integrantes tener un cierto grado de confianza y compromiso para alcanzar el objetivo común, y como no, generosidad, para ayudar al que le cuesta subir sin pedir nada a cambio. En estos grupos de Castellers (Creadores de castillos) se puede ver a primera vista una gran integración social, encontramos a personas de todas las edades, hombre y mujeres de diferentes religiones y posición social, un punto que supuestamente seria lo ideal en cualquier sociedad moderna actual, pero creo que hay en nuestra estructura social un exceso de "enxanetas" gordos y opulentos ansiosos de estar en la cima que aplastan toda la estructura y no la dejan crecer. Los Castellers son un ejemplo vivo de esfuerzo y trabajo en equipo, pero por lo que vemos en nuestra sociedad, las altas finanzas y concretamente en la política, los ciudadanos difícilmente pasaremos de la base. Aunque hay muchos que sí aportan su esfuerzo y contribuyen a que vayamos avanzando poco a poco en la construcción de la sociedad.


Texto: Xavier Sánchez.
Fotos: Carlos Bueno, Xavier Sánchez.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Huir de la quema es hoy más barato

Hace unos días un amigo me decía que están dejando la Comunidad como un erial. Hablaba en sentido figurado, pero desde ayer la Serranía se quema y Valencia se desertiza un poco más. No obstante, si alguna ventaja parece haber traído la crisis es que hoy en día huir de la quema es más barato que nunca. Al menos lo es en Turís, uno de los términos en los que el fuego se cebó antes del verano.



Ya que esta entrada parece ir sobre múltiples sentidos -o sobre la falta del más común de ellos- usaré la expresión más polisémica que conozco para el caso, aquella que le leí hace ya mucho a Joaquín Araújo, y diré que estoy desolado.

miércoles, 20 de junio de 2012

Seleccionando

No, este mozo no está preparando la Selectividad, esas pruebas que en base a su porcentaje de aprobados no parecen seleccionar nada. Habrá que llamarlas Clasificatorias, puesto que su propósito parece ser dividir a los futuros universitarios en dos categorías: los que estudian lo que quieren y los que estudian lo que pueden. Y eso que en España hay universidades en casi cualquier unidad territorial que le permite a un político crear una.


Y eso es lo que está haciendo nuestro mozo: intentar que sus notas sean suficientemente altas para que, llegado el momento de decidir, sea su vocación, sus intereses o cualquier otra consideración personal las que le lleven hasta esa actividad de la que, si todo va bien, vivirá el resto de sus días, y no toda una serie de reglas administrativas derivadas en muchos casos del conformismo o incapacidad de los gestores. Tensión, amargura y esfuerzo que e añaden al trabajo intelectual en pleno periodo de su maduración como persona.

viernes, 20 de abril de 2012

¿Que ha pasado que yo no puedo entender?



Marga vino a España buscando algo que no le daban en su Ecuador natal. Tampoco demasiado. Un poco de casa y algo para ir tirando. También buscaba un ahorro para ayudar a los que no dieron el paso de cruzar el charco. Al principio las cosas fueron bien. Incluso más que bien. 
Su formación como ingeniera informática le abrió las puertas en una empresa dedicada a la gestión de ventas de viviendas de segunda mano. No solo montó la Web. Era la máxima responsable de su mantenimiento. Tenía un sueldo fijo flojo, 1200€. Pero con las comisiones llegaba a los 5000€ cada mes. Dinero cobrado en negro. Enviaba 2000€ mensuales a su familia en Guayaquil.
A principios de 2010, la empresa inmobiliaria cerró. Eva cobró una indemnización de 10000€. Viajó a su país durante unos tres meses. Visitó a la familia y descansó.
A la vuelta tardó dos meses en encontrar un nuevo trabajo. Se encargó de ser uno de los supervisores del funcionamiento de la red informática de los cajeros de una Caja de Ahorros. Pocos meses más tarde, tres, la despidieron. Fue su primera experiencia en una regulación de empleo. 
Los siguientes doce meses fueron angustiosos. No solo no encontraba un trabajo adecuado a su preparación. Ya no había ningún trabajo. 
En la campaña de Navidad del 2011 la contrataron para promocionar nuevas terminales telefónicas. El empleo duró 20 días. 
Gracias a un amigo consiguió entrar como limpiadora en un restaurante del Eixample de Barcelona. Su sueldo, ahora, es de 700€ mensuales.
Hace un año que Eva dejó su piso. Ahora, comparte con otras. Son seis en una vivienda de 65 m2 en Nou Barris. A 40 minutos, en metro, del empleo.
Ya no puede enviar dinero a su familia. Y cada mañana se pregunta: ¿Que ha pasado que yo no puedo entender?
Marga es una de las personas mas preparadas de su generación. Y tiene ganas de ayudar a sus coetáneos. 
Ni ella, ni yo mismo, podemos explicar cuales son los derechos (y porque los tienen) de esa minoría codiciosa que aplasta el desarrollo de la gente que solo quiere contribuir a hacer que todas las personas podamos vivir un poco mejor.