sábado, 28 de septiembre de 2013

La leyenda del castillo invisible


Se dice que en escocés hay dieciocho palabras para nombrar a la niebla. La más espesa de ellas hizo que nos perdiéramos en busca de un pequeño jardín botánico de especies tropicales atlánticas que queríamos visitar. Así que una de las sinuosas y estrechas carreteras de las highlands escocesas nos llevaba a no sabíamos donde, el mapa parecía inútil, y no se veía ningún poblado ni granja en donde preguntar. 

Pasábamos al lado de lo que más tarde descubrimos que era Loch Tyneribbie. Un loch es simplemente un trozo de agua sin olas, que puede ser tanto de agua dulce como salada, conectado con el océano o no. Un rayo de luz despejó un poco la impenetrable haar, y descubrimos, deslumbrantemente  iluminado, un castillo en una isla o promontorio desafiando las condiciones meteorológicas. Paramos en un recodo para estirar las piernas y disfrutar del escaso sol que habíamos estando echado de menos. 

Nos acercamos al borde del agua, y allí, en un húmedo banco de granito, un hombre pequeño, de edad avanzadísima, vestido de azul oscuro, con una gorra de marino y una pipa de caña muy larga, observaba el castillo junto a nosotros. En una voz aguda, sorprendentemente clara y fácil de entender excepto por los giros de scottish, nos contó la historia del castillo que estábamos viendo, llamado de Lurinaigh o de los Acheflow. 

La leyenda era la siguiente: los Acheflow estaban en guerra contra los MacAllister, por motivos que ya nadie recordaba, aunque era realmente algo muy afrentoso. Los MacAllister, esta vez aliados con el pérfido rey de Inglaterra, lograron apropiarse del castillo, forzando además al matrimonio a la más joven de los Acheflow, Jeanne Enide, con el heredero MacAllister. Así sus descendientes podrían reclamar los derechos ancestrales del clan rival. 

Jeanne Enide, sin embargo, tenía otros planes. En la noche de bodas logró sustraerse de sus damas alegando necesidad de intimidad, y con dos barriles de sebo de ballena que un fiel criado había introducido en sus aposentos, prendió fuego al castillo, maldiciendo a los Acheflow eternamente y provocando la muerte de todos sus ocupantes. El incendio destruyó edificio en su totalidad, y sus restos desaparecieron bajos las aguas del loch para siempre. Dice la leyenda que en el aniversario de la muerte de Jeanne aparece entre la bruma iluminado por un efímero rayo de sol entre las nubes.

Nos quedamos sobrecogidos, observando cómo en la lejanía el castillo iba desaparenciendo de nuevo tragado por la niebla. Al girarnos para volver al coche, descubrimos que el hombrecillo se había ido, dejando únicamente un ligero y extraño olor como a pescado. No había ninguna casa ni granja en los alrededores, y todavía nos preguntamos si lo que oímos y vimos en Loch Tyneribbie fue en realidad producto de nuestra fantasía.

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