viernes, 10 de febrero de 2012

La falsa rosa de la Plaza de España

Seguro que en otra época la rosa que vi en la Plaza de España hubiese tenido un significado a caballo entre el drama y el romance: una despedida apasionada, una esperanza truncada, un recuerdo lleno de nostalgia o incluso un homenaje al enemigo fiel.
Unos días después allí seguía. Ahora fea, arrugada y seca. Pero su muerte no me conmovió. En una plaza donde un senegalés que canta las virtudes de Louis Vuitton compite con un ecuatoriano que homenajea a Carolina Herrera y con
un europeo que resguarda sus manos del sol en bolsillos ajenos, es difícil creer en la virtud y pureza de la rosa que te ofrece un sonriente pakistaní. Su destino no puede ser una gran aventura de final épico. Y si cuando la abandonan agacha su cabeza, sólo es humillación por la farsa que la obligan a vivir.

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